Cuando una persona se siente incluida, algo cambia dentro de ella. No solo cambia la forma en que se mueve en el mundo, sino también la forma en que se mira a sí misma. La inclusión tiene un impacto directo en la salud mental, en la autoestima, en las relaciones sociales y en la calidad de vida. Para las personas con discapacidad, este impacto es aún más profundo porque viven en entornos que históricamente les han negado el acceso, la voz y el reconocimiento.
En los últimos años, diversas investigaciones han señalado que la inclusión social no es únicamente un derecho, sino un determinante de bienestar (OMS, 2011). Es decir, no basta con que existan rampas o intérpretes: lo que realmente transforma vidas es la posibilidad de ser parte.