jueves, 5 de noviembre de 2026

“No creo que pueda”: cuando las expectativas bajas también se convierten en barreras

 

Descripción de la imagen: Ilustración de una persona usuaria de silla de ruedas rodeada de símbolos relacionados con instituciones, relaciones sociales y exclusión. La imagen representa cómo los prejuicios y las bajas expectativas pueden limitar el acceso de las personas con discapacidad a oportunidades, espacios y formas de participación en la sociedad.

Algunas formas de exclusión son fáciles de identificar.

  • Una entrada únicamente con escaleras.
  • Un documento que no puede utilizarse con un lector de pantalla.
  • Una actividad que no contempla distintas formas de participación.

Pero existen otras barreras que son menos visibles.

Una de ellas aparece cuando esperamos menos de una persona únicamente porque tiene una discapacidad.

Esto también puede ser una forma de capacitismo.

Imaginemos a una estudiante con discapacidad a quien no se le propone participar en determinada actividad académica porque alguien supone que “será demasiado difícil para ella”.

O a una persona que cumple con los requisitos para un empleo, pero que no recibe ciertas responsabilidades porque se asume que necesitará demasiada ayuda.

En ambos casos existe algo en común: la oportunidad desaparece antes de que la persona pueda decidir si quiere tomarla o demostrar qué puede hacer.

Las expectativas bajas pueden parecer una forma de protección. Sin embargo, también pueden limitar el acceso a experiencias, educación, empleo, crecimiento profesional y participación social.

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad reconoce el derecho a la educación inclusiva y al trabajo en igualdad de condiciones, y establece que las personas con discapacidad deben poder acceder a oportunidades sin discriminación (Naciones Unidas, 2006, arts. 24 y 27).

El problema aparece cuando la discapacidad se utiliza como explicación automática de lo que una persona podrá o no podrá hacer.

Tener una discapacidad no significa que todas las actividades puedan realizarse exactamente de la misma manera.

En algunas situaciones pueden requerirse apoyos, accesibilidad o ajustes razonables.

Pero existe una gran diferencia entre decir: “¿Qué necesitas para participar?”

y decidir: “Mejor no participes porque quizá no puedas.”

La primera pregunta abre posibilidades. La segunda las cierra antes de comenzar.

El Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad ha señalado que los estereotipos y prejuicios pueden generar discriminación y limitar la igualdad de oportunidades de las personas con discapacidad (Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, 2018).

Esto puede suceder incluso cuando aparentemente se busca “evitarle dificultades” a alguien.

Por ejemplo, excluir a una persona de una actividad para que “no se esfuerce demasiado” puede terminar quitándole la posibilidad de decidir si quiere asumir ese reto.

En el trabajo también pueden existir estas expectativas.

Una persona puede ser contratada, pero recibir menos oportunidades de capacitación, promoción o responsabilidad porque se considera que determinada actividad “no es para ella”.

La inclusión laboral no termina cuando una persona consigue un empleo.

También implica que pueda aprender, crecer profesionalmente, asumir responsabilidades y competir por oportunidades en igualdad de condiciones.

Por eso, una de las formas más sencillas de combatir las barreras actitudinales es cambiar nuestras preguntas.

En lugar de pensar: “¿Podrá hacerlo?”

podemos preguntar: “¿Qué condiciones necesita para hacerlo?”

Y después permitir que sea la propia persona quien participe en esa respuesta. Las expectativas también pueden convertirse en barreras. Pero también pueden convertirse en oportunidades cuando dejamos de asumir los límites de otras personas.

Porque incluir no significa decidir de antemano hasta dónde puede llegar alguien. Significa darle la oportunidad de demostrarlo.


Referencias

Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, arts. 5, 8, 24 y 27.

Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2018). Observación general núm. 6 sobre la igualdad y la no discriminación (CRPD/C/GC/6).

Organización Mundial de la Salud [OMS]. (2022). Global report on health equity for persons with disabilities. World Health Organization.


miércoles, 4 de noviembre de 2026

¡Las palabras también crean barreras! Lenguaje y capacitismo en la vida cotidiana

 


Descripción de la imagen: Ilustración de una mujer y un hombre conversando, acompañados de un símbolo de interrogación. La imagen representa la importancia de reflexionar sobre las palabras, expresiones y formas de comunicación que utilizamos, ya que el lenguaje también puede reproducir prejuicios o barreras hacia las personas con discapacidad.

El lenguaje forma parte de nuestra vida diaria. Con las palabras describimos personas, situaciones, emociones y experiencias. Sin embargo, algunas expresiones que utilizamos de manera automática pueden reproducir ideas negativas sobre la discapacidad, incluso cuando no existe una intención de discriminar.

Aquí también puede aparecer el capacitismo.

Expresiones que utilizan una discapacidad como sinónimo de algo negativo, incapaz, absurdo o inferior pueden parecer inofensivas porque forman parte del lenguaje cotidiano. Sin embargo, también pueden reforzar asociaciones que históricamente han colocado a las personas con discapacidad en una posición de menor valor o capacidad.

El problema no consiste únicamente en una palabra aislada.

También importa la idea que existe detrás de ella.

Por ejemplo, hablar de una persona únicamente a partir de su discapacidad puede hacer que esa característica se convierta en lo primero o incluso en lo único que vemos de ella.

Lo mismo ocurre cuando utilizamos expresiones que presentan a las personas con discapacidad como víctimas permanentes.

Decir que alguien “sufre” o “padece” una discapacidad, cuando no conocemos cómo esa persona describe su propia experiencia, puede transmitir automáticamente la idea de que su vida está definida por el sufrimiento.

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad establece que los Estados deben combatir estereotipos, prejuicios y prácticas perjudiciales relacionados con las personas con discapacidad y promover una percepción respetuosa de sus derechos, capacidades y contribuciones (Naciones Unidas, 2006, art. 8). Por ello, hablar de lenguaje incluyente no significa buscar palabras “perfectas”.

Significa reflexionar sobre qué ideas transmitimos cuando hablamos. También significa reconocer que las preferencias pueden variar.

Hay personas que prefieren utilizar la expresión “persona con discapacidad”, mientras que otras pueden identificarse de manera diferente. Escuchar cómo cada persona desea ser nombrada es también una forma de respeto.

Algo similar ocurre cuando hablamos directamente con una persona.

Si una persona con discapacidad está acompañada, dirigir automáticamente nuestras preguntas al acompañante puede transmitir la idea de que quien tiene discapacidad no puede comprender, responder o decidir.

El lenguaje no solamente está compuesto por las palabras que utilizamos.

También incluye a quién escuchamos, con quién hablamos y a quién reconocemos como interlocutor.

Por eso, antes de utilizar una expresión relacionada con discapacidad podemos hacernos algunas preguntas:

¿Estoy describiendo a la persona con respeto?

¿Estoy utilizando una discapacidad como algo negativo?

¿Estoy hablando directamente con la persona o estoy ignorando su voz?

¿Estoy asumiendo cómo vive su discapacidad sin preguntarle?

Cambiar algunas palabras no elimina por sí solo la discriminación.

Pero sí puede ayudarnos a transformar la forma en que pensamos y nos relacionamos con otras personas.

Porque las palabras también construyen entornos.

Y elegir un lenguaje respetuoso puede ser un pequeño paso hacia espacios donde las personas con discapacidad sean reconocidas por lo que son:

personas con derechos, experiencias y voces propias.

Referencias

Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, arts. 3 y 8.

Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2018). Observación general núm. 6 sobre la igualdad y la no discriminación (CRPD/C/GC/6).

Organización Mundial de la Salud [OMS]. (2022). Global report on health equity for persons with disabilities. World Health Organization.


jueves, 29 de octubre de 2026

“Qué ejemplo de vida”: cuando los estereotipos positivos también pueden ser capacitistas

Descripción de la imagen: Fotografía de una persona usuaria de silla de ruedas en un espacio al aire libre. La imagen representa la vida cotidiana de las personas con discapacidad y refuerza la idea de que realizar actividades comunes no debe presentarse automáticamente como algo extraordinario o inspirador por el solo hecho de tener una discapacidad.

No todos los prejuicios sobre la discapacidad parecen negativos.

Algunos pueden presentarse como elogios, admiración o mensajes de motivación.

Frases como: “Eres un ejemplo de superación”, “Qué inspiración verte haciendo eso”, “Si tú puedes, cualquiera puede” o “Qué valiente eres por salir adelante”.

pueden decirse con una intención positiva. Sin embargo, dependiendo del contexto, también pueden reducir a una persona a su discapacidad.

¿Por qué? Porque acciones completamente cotidianas —estudiar, trabajar, hacer ejercicio, viajar, tener pareja, criar una familia o simplemente realizar actividades diarias— pueden presentarse como extraordinarias únicamente porque quien las realiza tiene una discapacidad.

Esto puede reforzar una idea implícita, que de las personas con discapacidad se espera menos.

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad establece que deben combatirse los estereotipos, prejuicios y prácticas perjudiciales relacionadas con la discapacidad y promoverse el reconocimiento de las capacidades y aportaciones de las personas con discapacidad (Naciones Unidas, 2006, art. 8).

Esto incluye también la manera en que se representa la discapacidad en medios de comunicación, redes sociales y conversaciones cotidianas.

El problema no está en reconocer un logro real.

Felicitar a alguien por terminar una carrera universitaria, ganar una competencia o alcanzar una meta personal puede ser completamente válido.

La diferencia está en preguntarnos: ¿Estoy admirando el logro o estoy considerando extraordinaria a la persona simplemente porque tiene una discapacidad?

Imaginemos a dos personas que terminan una carrera de cinco kilómetros.

Si felicitamos a ambas por completar el recorrido, reconocemos un logro.

Pero si a una de ellas la presentamos automáticamente como “un ejemplo de vida” únicamente porque utiliza una prótesis o una silla de ruedas, nuestra mirada puede estar poniendo nuevamente la discapacidad por encima de todo lo demás.

Las barreras actitudinales también se construyen a partir de expectativas.

La Organización Mundial de la Salud identifica los estereotipos, las percepciones negativas y las suposiciones sobre las personas con discapacidad como barreras actitudinales que pueden generar discriminación.

Y las expectativas demasiado bajas también pueden limitar oportunidades. Si asumimos que estudiar, trabajar o vivir de manera independiente es algo excepcional para una persona con discapacidad, podemos terminar normalizando que esos mismos derechos y oportunidades no estén disponibles para todas.

Por ello, la representación importa. Las personas con discapacidad pueden ser exitosas, equivocarse, aburrirse, tener talento, necesitar ayuda, ser independientes en algunas actividades y requerir apoyos en otras.

En otras palabras, pueden experimentar la misma complejidad que cualquier otra persona.

La inclusión implica dejar de representar a las personas con discapacidad únicamente desde dos extremos: como personas que necesitan compasión o como héroes que deben inspirar constantemente a los demás.

No todas las historias sobre discapacidad necesitan convertirse en historias de superación.

A veces una persona simplemente está estudiando, trabajando, viajando, comprando algo, haciendo deporte o viviendo su vida. Antes de decir “qué inspiración”, quizá podemos preguntarnos: ¿Diría lo mismo si esta persona no tuviera una discapacidad?

Esa pequeña pregunta puede ayudarnos a identificar prejuicios que, aunque parezcan positivos, siguen partiendo de expectativas diferentes.

Porque reconocer a las personas con discapacidad en igualdad de condiciones también significa permitirles algo muy sencillo:

ser personas, sin tener que convertirse constantemente en ejemplos para los demás.

Referencias

Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2018). Observación general núm. 6 sobre la igualdad y la no discriminación (CRPD/C/GC/6).

Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, arts. 3, 5 y 8.

Organización Mundial de la Salud [OMS]. (2020). Disability-inclusive health services toolkit: A resource for health facilities in the Western Pacific Region. Organización Mundial de la Salud.


martes, 27 de octubre de 2026

Infantilización y sobreprotección: proteger no significa decidir por los demás

 

Descripción de la imagen: Ilustración de una persona menor de edad dentro de una burbuja protectora, mientras una mano adulta cubre la parte superior de la burbuja. La imagen representa la sobreprotección y cómo, aun cuando surge de una intención de cuidado, puede limitar la autonomía, la participación y la toma de decisiones de una persona.

Ayudar, cuidar y proteger son acciones que normalmente asociamos con algo positivo. Sin embargo, cuando se realizan sin tomar en cuenta la voluntad de una persona con discapacidad, también pueden convertirse en una barrera.

Una de las formas en que el capacitismo puede aparecer en la vida cotidiana es la infantilización: tratar a una persona adulta con discapacidad como si fuera una niña o un niño, asumir que necesita supervisión permanente o considerar que otras personas saben mejor que ella qué decisiones debe tomar.

Esto puede manifestarse de formas aparentemente pequeñas.

Hablarle con un tono excesivamente infantil.

Preguntarle a su acompañante en lugar de dirigirse directamente a ella.

Decidir qué actividades puede realizar sin consultarla.

Evitar que haga determinadas cosas “por su seguridad”.

O asumir que necesita permiso o ayuda para situaciones que puede manejar de manera autónoma.

En muchas ocasiones estas conductas pueden surgir desde el cariño o la preocupación. Sin embargo, una buena intención no elimina automáticamente el impacto que una acción puede tener sobre la autonomía de otra persona.

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad reconoce como uno de sus principios fundamentales el respeto de la dignidad, la autonomía individual y la libertad de las personas para tomar sus propias decisiones (Naciones Unidas, 2006, art. 3).

Además, establece que las personas con discapacidad tienen capacidad jurídica en igualdad de condiciones con las demás y que, cuando necesiten apoyos para tomar decisiones, estos deben respetar sus derechos, voluntad y preferencias (Naciones Unidas, 2006, art. 12).

Esto nos lleva a una diferencia importante:

apoyar no es lo mismo que sustituir.

Una persona puede necesitar apoyo para comprender determinada información, desplazarse, comunicarse o realizar alguna actividad y, al mismo tiempo, conservar plenamente su derecho a decidir qué quiere hacer.

Por ejemplo, acompañar a una persona a realizar un trámite puede ser un apoyo. Decidir por ella qué debe elegir sin preguntarle es algo distinto.

También puede existir sobreprotección cuando, por miedo a que ocurra algo, se limita innecesariamente la posibilidad de estudiar, trabajar, viajar, salir con amistades, practicar algún deporte o vivir de forma independiente.

El Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad ha señalado que históricamente se ha supuesto que muchas personas con discapacidad no pueden vivir de manera independiente o ejercer control sobre sus propias vidas. Precisamente por ello, el enfoque de derechos humanos busca reconocer su derecho a elegir dónde, cómo y con quién vivir, así como a participar plenamente en la comunidad (Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, 2017).

Respetar la autonomía tampoco significa negar apoyos.

Significa ofrecerlos sin borrar la voz de la persona.

Podemos empezar con preguntas sencillas:

  • “¿Qué prefieres?”

  • “¿Necesitas apoyo?”

  • “¿Cómo puedo ayudarte?”

  • “¿Quieres intentarlo por tu cuenta?”

Y también debemos estar preparados para respetar una respuesta que diga:

“No, gracias.”

La inclusión no consiste en hacer todo por una persona con discapacidad.

Consiste en crear las condiciones para que pueda decidir, participar y recibir los apoyos que ella considere necesarios.

Porque cuidar a alguien y respetar su autonomía no son ideas opuestas.

La verdadera inclusión comienza cuando dejamos de decidir por las personas y empezamos a decidir con ellas.

Referencias

Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2014). Observación general núm. 1 sobre el artículo 12: Igual reconocimiento como persona ante la ley (CRPD/C/GC/1).

Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2017). Observación general núm. 5 sobre el derecho a vivir de forma independiente y a ser incluido en la comunidad (CRPD/C/GC/5).

Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, arts. 3, 12 y 19.


jueves, 22 de octubre de 2026

“Solo quería ayudar”: cuando las buenas intenciones también pueden crear barreras


Descripción de la imagen: Ilustración de un grupo de personas, entre ellas dos usuarias de silla de ruedas, transportando entre todas objetos grandes. La imagen representa la importancia de brindar apoyo de manera respetuosa y colaborativa, reconociendo la autonomía de las personas con discapacidad y evitando asumir sus necesidades sin preguntar.

Ayudar a otra persona suele considerarse algo positivo pero cuando hablamos de discapacidad, existe una diferencia importante entre ofrecer apoyo y asumir que alguien necesita ser ayudado.

Imaginemos que una persona usuaria de silla de ruedas está entrando a un edificio y alguien, sin preguntarle, comienza a empujar su silla. Quizá la intención sea ayudar.

Sin embargo, para quien utiliza la silla de ruedas, esta forma parte de su movilidad y de su espacio personal. Actuar sin consultar puede limitar momentáneamente su autonomía.

Algo parecido sucede cuando alguien toma del brazo a una persona con discapacidad visual para guiarla sin preguntarle, responde una pregunta dirigida a una persona con discapacidad intelectual o habla exclusivamente con el acompañante de una persona sorda.

Estas situaciones permiten identificar una de las formas más comunes de barreras actitudinales.

No siempre consisten en rechazar abiertamente a una persona. También pueden aparecer cuando asumimos, basándonos únicamente en la discapacidad, qué puede hacer, qué necesita o quién debe tomar decisiones por ella.

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad establece entre sus principios generales el respeto de la dignidad inherente, la autonomía individual y la libertad de tomar las propias decisiones (Naciones Unidas, 2006, art. 3).

Por ello, una inclusión basada en derechos humanos implica reconocer que brindar apoyo no significa sustituir la voluntad de una persona.

El Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad también ha advertido que persisten estereotipos y prejuicios que presentan a las personas con discapacidad como dependientes o como una carga para otras personas (Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, 2018). 

Estas ideas pueden influir en decisiones muy cotidianas.

Por ejemplo: “Mejor que no participe porque puede lastimarse”, “yo lo hago por ti porque será más rápido”, “déjame preguntarle a quien viene contigo” o “seguro necesita ayuda”.

Aunque algunas de estas frases pueden surgir desde la preocupación o la intención de facilitar una situación, comparten algo, la propia decisión se toma antes de escuchar a la persona.

Por eso, una de las prácticas más sencillas para construir espacios incluyentes es también una de las más importantes: preguntar antes de ayudar.

“¿Necesitas apoyo?”

“¿Cómo puedo ayudarte?”

“¿Prefieres hacerlo de otra manera?”

Estas preguntas reconocen que cada persona conoce sus propias necesidades y que dos personas con la misma discapacidad pueden preferir apoyos completamente diferentes.

Además, respetar la autonomía implica aceptar que la respuesta también puede ser: “No, gracias.”

La Organización Mundial de la Salud señala que las actitudes negativas y las prácticas discriminatorias continúan generando barreras para las personas con discapacidad en distintos servicios y ámbitos de participación (OMS, 2023). 

Transformar esas barreras no siempre requiere grandes modificaciones. A veces comienza con algo tan sencillo como dejar de asumir. Ayudar puede ser valioso.

Pero la ayuda verdaderamente incluyente no reemplaza la autonomía, sino que la respeta.

La próxima vez que queramos apoyar a una persona con discapacidad, quizá la primera acción no deba ser intervenir.

Puede ser simplemente preguntar: “¿Quieres que te ayude?” Y escuchar la respuesta.

Referencias

Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2018). Observación general núm. 6 sobre la igualdad y la no discriminación (CRPD/C/GC/6). 

Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, arts. 3, 5 y 8. 

Organización Mundial de la Salud [OMS]. (2023). Discapacidad. Organización Mundial de la Salud.