martes, 29 de septiembre de 2026

Infancia y discapacidad: crecer también debe ser una experiencia incluyente

Descripción de la imagen: Fotografía de un niño usuario de silla de ruedas acompañado por una persona adulta durante una actividad al aire libre. La imagen representa la importancia de garantizar que niñas, niños y adolescentes con discapacidad puedan participar, jugar, convivir y desarrollarse en entornos inclusivos.


Cuando hablamos de discapacidad e interseccionalidad, la edad también importa.

Ser una niña, niño o adolescente con discapacidad puede implicar enfrentar barreras relacionadas no solamente con la discapacidad, sino también con una etapa de la vida en la que las decisiones suelen ser tomadas por personas adultas.

Por ello, hablar de inclusión durante la infancia significa algo más que garantizar acceso a una escuela o a servicios de salud. También implica reconocer que las niñas, niños y adolescentes con discapacidad son titulares de derechos, tienen opiniones propias y deben poder participar en las decisiones que afectan su vida.

La Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad establece que las niñas y niños con discapacidad deben disfrutar plenamente de todos los derechos humanos y libertades fundamentales en igualdad de condiciones con los demás. También reconoce su derecho a expresar libremente su opinión sobre los asuntos que les afectan y a recibir los apoyos adecuados a su edad y discapacidad para poder hacerlo (Naciones Unidas, 2006, art. 7).

Esta idea es especialmente importante porque una de las formas menos visibles de exclusión puede aparecer cuando asumimos que una persona, por ser menor de edad y tener una discapacidad, no puede expresar lo que quiere o necesita.

En ocasiones, las personas adultas pueden tomar decisiones con la intención de proteger. Sin embargo, la protección no debería significar ignorar la voz de la niña, niño o adolescente.

Pensemos en una estudiante con discapacidad que encuentra dificultades para participar en determinadas actividades escolares. Antes de asumir qué necesita, una verdadera práctica de inclusión también debería preguntarle directamente: ¿qué barrera estás encontrando?, ¿qué podría ayudarte a participar?

Escuchar forma parte de incluir.

UNICEF señala que las niñas, niños y adolescentes con discapacidad continúan enfrentando obstáculos relacionados con estereotipos, estigma, aislamiento y falta de oportunidades, y que estas barreras pueden afectar ámbitos esenciales de su desarrollo, como aprender, jugar, convivir y participar en sus comunidades (UNICEF, s. f.). 

Por ello, la inclusión durante la infancia debe observarse en distintos espacios.

Un parque debe permitir jugar. Una escuela debe permitir aprender y convivir. Un servicio de salud debe poder atender y escuchar. Una actividad cultural debe permitir participar. Y una familia debe reconocer progresivamente la autonomía y las decisiones de cada niña, niño o adolescente.

La interseccionalidad nos ayuda a entender, además, que no existe una sola experiencia de infancia con discapacidad.

La situación puede cambiar dependiendo del género, la condición económica, el lugar donde se vive, el acceso a educación y servicios, el entorno familiar o el tipo de barreras presentes. El Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad ha señalado precisamente que la edad puede interactuar con la discapacidad y con otras características para producir formas múltiples o interseccionales de discriminación (Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, 2018).

Por eso, incluir no significa decidir por todas las niñas y niños qué es lo mejor para ellos.

También significa crear las condiciones para que puedan participar, expresarse y ser escuchados.

Una infancia incluyente no es aquella en la que una niña o niño con discapacidad simplemente está presente en los mismos espacios que los demás.

Es aquella en la que puede aprender, jugar, opinar, decidir y crecer sabiendo que su voz también importa.

Referencias

Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, art. 7.

Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2018). Observación general núm. 6 sobre la igualdad y la no discriminación (CRPD/C/GC/6).

UNICEF. (s. f.). Niños, niñas y adolescentes con discapacidad. Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.

UNICEF. (2022). Seen, Counted, Included: Using data to shed light on the well-being of children with disabilities. Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia.


jueves, 24 de septiembre de 2026

Una misma discapacidad, distintas experiencias: ¿por qué importa la interseccionalidad?

 

Descripción de la imagen: Ilustración de una mujer acompañando a una persona mayor usuaria de silla de ruedas. La imagen representa cómo distintas características y circunstancias, como la edad, la discapacidad y la necesidad de apoyos, pueden coincidir en una misma persona y generar experiencias particulares de participación y acceso. Esto permite ejemplificar la importancia de la interseccionalidad al analizar las barreras que enfrenta cada persona.

Cuando hablamos de discapacidad, existe el riesgo de pensar en las personas con discapacidad como si formaran un grupo completamente homogéneo.

Pero ninguna persona puede definirse únicamente por una característica.

Una persona con discapacidad también tiene una edad, un género, una historia, una familia, una situación económica, una educación, una comunidad, intereses y experiencias propias.

Por eso, incluso dos personas con la misma discapacidad pueden necesitar apoyos diferentes y encontrar barreras completamente distintas.

Aquí está una de las aportaciones más importantes de la interseccionalidad: ayudarnos a comprender que las desigualdades no existen de manera aislada.

Pensemos, por ejemplo, en una persona mayor con discapacidad que vive sola. Sus necesidades pueden ser distintas a las de una estudiante universitaria con una discapacidad similar.

Una persona con discapacidad que vive en una zona rural puede enfrentar obstáculos diferentes a los de alguien que vive en una ciudad con infraestructura y servicios accesibles.

Asimismo, una discapacidad no visible puede generar otro tipo de barreras cuando las personas del entorno dudan de las necesidades de quien solicita un apoyo simplemente porque “no parece tener una discapacidad”.

Estas diferencias importan porque las soluciones generales no siempre responden a todas las personas.

Una medida puede ser positiva y, aun así, dejar a alguien fuera.

Por ejemplo, instalar una rampa puede mejorar significativamente la accesibilidad de un edificio, pero no elimina una barrera comunicacional para una persona sorda ni hace accesible un documento para alguien que utiliza un lector de pantalla.

Esto no significa que las medidas generales sean innecesarias.

Significa que la inclusión requiere observar quién sigue encontrando barreras incluso después de implementar esas medidas.

La interseccionalidad también nos invita a escuchar antes de asumir.

En lugar de decidir qué necesita una persona basándonos únicamente en su discapacidad, podemos preguntarle directamente cuáles son los obstáculos que encuentra y qué herramientas pueden facilitar su participación.

Este cambio parece pequeño, pero representa algo fundamental: reconocer a la persona como protagonista de las decisiones que afectan su propia vida.

Después de cuatro semanas hablando de discapacidad e interseccionalidad, podemos quedarnos con una idea:

la inclusión no puede construirse pensando en una sola experiencia como si representara a todas las personas.

Una sociedad verdaderamente incluyente reconoce diferencias, identifica desigualdades y busca soluciones que permitan participar a cada persona desde su propia realidad.

Porque reconocer la diversidad no divide.

Nos ayuda a comprender mejor qué necesitamos transformar para que nadie quede fuera.

Referencias:

Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Preámbulo y arts. 3, 5 y 9.

Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2014). Observación general núm. 2 sobre el artículo 9: Accesibilidad (CRPD/C/GC/2).

Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2018). Observación general núm. 6 sobre la igualdad y la no discriminación (CRPD/C/GC/6)


martes, 22 de septiembre de 2026

Discapacidad y desigualdad económica: cuando el contexto también crea barreras Descripción de la imagen: Fotografía de una mujer usuaria de silla de ruedas en un espacio interior. La imagen representa cómo la discapacidad puede estar acompañada de otras condiciones sociales y económicas que influyen en las oportunidades, el acceso a recursos y la participación en distintos ámbitos de la vida. Imaginemos dos personas con una discapacidad similar. ¿Significa esto que enfrentarán exactamente las mismas oportunidades y dificultades? No necesariamente. Una puede vivir cerca de servicios accesibles, contar con transporte adecuado, acceso a tecnología, educación y una red de apoyo. La otra puede encontrarse en una comunidad con pocas opciones de transporte, enfrentar dificultades económicas o tener un acceso limitado a servicios especializados. Aunque ambas personas compartan una condición, su experiencia puede ser completamente diferente debido al entorno en el que viven. Este ejemplo nos ayuda a comprender por qué la interseccionalidad es importante al hablar de discapacidad. Las condiciones económicas pueden influir directamente en el acceso a herramientas que favorecen la autonomía y la participación. Tecnologías de apoyo, dispositivos accesibles, transporte, determinados tratamientos, conexión a internet o materiales educativos pueden representar gastos adicionales. Cuando estos recursos no están disponibles, una barrera existente puede hacerse todavía mayor. La desigualdad también puede generar un círculo difícil de romper. Una persona que encuentra obstáculos para acceder a una educación inclusiva puede posteriormente enfrentar mayores dificultades para ingresar al mercado laboral. A su vez, menores oportunidades laborales pueden reducir los recursos disponibles para acceder a determinados servicios o tecnologías. Por eso, hablar de inclusión implica observar algo más amplio que la discapacidad individual. También debemos preguntarnos si las oportunidades, servicios y espacios necesarios para ejercer derechos están realmente disponibles para todas las personas. Pensemos en la tecnología. Una plataforma accesible puede representar una gran herramienta para una persona con discapacidad visual. Sin embargo, esa solución pierde gran parte de su utilidad si la persona no tiene acceso estable a internet, a un dispositivo adecuado o a las herramientas de apoyo necesarias. Lo mismo sucede con una instalación perfectamente accesible físicamente a la que una persona no puede llegar porque el transporte disponible no lo es. La inclusión, entonces, no puede construirse atendiendo una sola barrera de manera aislada. Es necesario observar todo el contexto que rodea a la persona. La interseccionalidad nos recuerda que las desigualdades pueden acumularse y que las soluciones deben considerar esa realidad. No basta con preguntar si un derecho existe. También debemos preguntarnos: ¿Todas las personas tienen realmente las condiciones necesarias para ejercerlo? Referencias: Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, arts. 19, 27 y 28. Organización Mundial de la Salud & Banco Mundial. (2011). Informe mundial sobre la discapacidad. Organización Mundial de la Salud. Naciones Unidas, Departamento de Asuntos Económicos y Sociales. (2018). Disability and Development Report: Realizing the Sustainable Development Goals by, for and with persons with disabilities. United Nations.

 


Descripción de la imagen: Fotografía de una mujer usuaria de silla de ruedas en un espacio interior. La imagen representa cómo la discapacidad puede estar acompañada de otras condiciones sociales y económicas que influyen en las oportunidades, el acceso a recursos y la participación en distintos ámbitos de la vida.

Imaginemos dos personas con una discapacidad similar.

¿Significa esto que enfrentarán exactamente las mismas oportunidades y dificultades? No necesariamente.

Una puede vivir cerca de servicios accesibles, contar con transporte adecuado, acceso a tecnología, educación y una red de apoyo. La otra puede encontrarse en una comunidad con pocas opciones de transporte, enfrentar dificultades económicas o tener un acceso limitado a servicios especializados.

Aunque ambas personas compartan una condición, su experiencia puede ser completamente diferente debido al entorno en el que viven.

Este ejemplo nos ayuda a comprender por qué la interseccionalidad es importante al hablar de discapacidad.

Las condiciones económicas pueden influir directamente en el acceso a herramientas que favorecen la autonomía y la participación.

Tecnologías de apoyo, dispositivos accesibles, transporte, determinados tratamientos, conexión a internet o materiales educativos pueden representar gastos adicionales. Cuando estos recursos no están disponibles, una barrera existente puede hacerse todavía mayor.

La desigualdad también puede generar un círculo difícil de romper.

Una persona que encuentra obstáculos para acceder a una educación inclusiva puede posteriormente enfrentar mayores dificultades para ingresar al mercado laboral. A su vez, menores oportunidades laborales pueden reducir los recursos disponibles para acceder a determinados servicios o tecnologías.

Por eso, hablar de inclusión implica observar algo más amplio que la discapacidad individual.

También debemos preguntarnos si las oportunidades, servicios y espacios necesarios para ejercer derechos están realmente disponibles para todas las personas.

Pensemos en la tecnología. Una plataforma accesible puede representar una gran herramienta para una persona con discapacidad visual. Sin embargo, esa solución pierde gran parte de su utilidad si la persona no tiene acceso estable a internet, a un dispositivo adecuado o a las herramientas de apoyo necesarias.

Lo mismo sucede con una instalación perfectamente accesible físicamente a la que una persona no puede llegar porque el transporte disponible no lo es.

La inclusión, entonces, no puede construirse atendiendo una sola barrera de manera aislada. Es necesario observar todo el contexto que rodea a la persona.

La interseccionalidad nos recuerda que las desigualdades pueden acumularse y que las soluciones deben considerar esa realidad.

No basta con preguntar si un derecho existe. También debemos preguntarnos: ¿Todas las personas tienen realmente las condiciones necesarias para ejercerlo?

Referencias:

Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, arts. 19, 27 y 28.

Organización Mundial de la Salud & Banco Mundial. (2011). Informe mundial sobre la discapacidad. Organización Mundial de la Salud.

Naciones Unidas, Departamento de Asuntos Económicos y Sociales. (2018). Disability and Development Report: Realizing the Sustainable Development Goals by, for and with persons with disabilities. United Nations.


jueves, 17 de septiembre de 2026

Ser mujer y vivir con discapacidad: cuando las barreras se cruzan

 

Descripción de la imagen: Fotografía de una manifestación integrada principalmente por mujeres con discapacidad y personas acompañantes. Varias participantes utilizan silla de ruedas y portan carteles relacionados con igualdad, discapacidad y derechos. Al frente, una mujer se comunica mediante lengua de señas. La imagen representa la participación social, la defensa de derechos y la visibilización de las experiencias de las mujeres con discapacidad.

¿Todas las personas con discapacidad enfrentan las mismas barreras?

La respuesta es no.

La experiencia de una persona no depende exclusivamente de tener o no una discapacidad. También intervienen elementos como su género, edad, situación económica, lugar de residencia, educación y muchas otras circunstancias.

Esta manera de observar las desigualdades se relaciona con la interseccionalidad: reconocer que distintas características y condiciones pueden encontrarse y producir experiencias particulares de exclusión.

Un ejemplo claro ocurre con las mujeres con discapacidad.

Una mujer puede enfrentarse a desigualdades relacionadas con el género y, al mismo tiempo, encontrar barreras asociadas con la discapacidad. Cuando ambas situaciones coinciden, los obstáculos no necesariamente funcionan de manera independiente.

Pensemos en el ámbito laboral.

Una mujer con discapacidad podría enfrentar prejuicios relacionados con su capacidad para desempeñar determinado puesto y, simultáneamente, estereotipos asociados con el género. En consecuencia, analizar únicamente la discapacidad o únicamente el género podría impedirnos comprender completamente su experiencia.

Lo mismo puede ocurrir en ámbitos como la educación, la salud, la participación social o el acceso a la justicia.

Además, existen barreras que pueden ser menos evidentes.

Infantilizar a una mujer con discapacidad, hablar con su acompañante en lugar de dirigirse directamente a ella o asumir que otra persona debe tomar decisiones en su nombre puede afectar su autonomía, incluso cuando estas conductas se presentan como una forma de “ayuda”.

La inclusión requiere reconocer que las personas con discapacidad también tienen identidades, experiencias y contextos diversos.

No existe una única forma de ser mujer ni una única forma de vivir la discapacidad.

Por eso, las políticas, espacios y servicios incluyentes deben evitar soluciones construidas bajo la idea de que todas las personas enfrentan exactamente las mismas necesidades.

Preguntar, escuchar y permitir que las propias personas expresen qué barreras encuentran es indispensable.

La interseccionalidad nos invita precisamente a ampliar nuestra mirada.

En lugar de preguntarnos solamente “¿esta medida incluye a las personas con discapacidad?”, también podemos preguntarnos:

“¿Incluye realmente la diversidad de personas que forman parte de este grupo?”

Porque hablar de inclusión también significa reconocer que dentro de la diversidad existe todavía más diversidad.

Referencias:

Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad, art. 6: Mujeres con discapacidad.

Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2016). Observación general núm. 3 sobre las mujeres y las niñas con discapacidad (CRPD/C/GC/3).

ONU Mujeres. (s. f.). Mujeres y niñas con discapacidad. Entidad de las Naciones Unidas para la Igualdad de Género y el Empoderamiento de las Mujeres.


martes, 15 de septiembre de 2026

Discapacidad e inclusión: cambiar la mirada para eliminar barreras

Descripción de la imagen: Ilustración de un grupo diverso de personas tomadas de las manos, entre ellas personas usuarias de silla de ruedas. La imagen representa la diversidad, la inclusión y la participación de las personas con discapacidad en igualdad de condiciones dentro de la sociedad.

Hablar de discapacidad también implica hablar de derechos humanos, desigualdad y de las condiciones que permiten —o impiden— que una persona participe plenamente en la sociedad.

Todas las personas somos titulares de derechos humanos. Sin embargo, reconocer un derecho en una ley no siempre significa que todas las personas puedan ejercerlo de la misma manera. Para que un derecho sea verdaderamente accesible deben existir condiciones que permitan disfrutarlo en la práctica.

Esto resulta especialmente importante cuando hablamos de personas con discapacidad.

Durante mucho tiempo, la discapacidad fue entendida principalmente desde una perspectiva centrada en las características o limitaciones de la persona. Desde esta mirada, la respuesta solía orientarse a la asistencia, rehabilitación o adaptación individual.

Actualmente, el enfoque social y de derechos humanos propone observar también algo que durante mucho tiempo pasó inadvertido: las barreras del entorno.

Una persona puede encontrar obstáculos físicos, sociales, comunicacionales, tecnológicos o actitudinales que dificulten su participación. Por ello, la pregunta deja de ser únicamente: “¿qué limitación tiene esta persona?” y comienza a transformarse en: “¿qué barreras existen a su alrededor y qué podemos hacer para eliminarlas?”

Esta perspectiva resulta fundamental porque no todas las personas parten de las mismas condiciones.

Factores como el género, la situación económica, el nivel educativo, el idioma, la edad, el entorno familiar o la propia discapacidad pueden influir en las oportunidades disponibles. Cuando varias de estas circunstancias coinciden, las barreras también pueden acumularse.

Aquí encontramos una primera aproximación a la interseccionalidad.

Entenderla nos permite reconocer que dos personas con discapacidad pueden vivir experiencias completamente diferentes. No basta con identificar una sola característica para comprender los obstáculos que enfrenta una persona.

También debemos recordar que existen diferentes tipos de discapacidad, entre ellas la motriz, visual, auditiva, intelectual y psicosocial, y que no todas son visibles.

Por ello, construir una sociedad incluyente implica mucho más que permitir que las personas estén presentes en determinados espacios.

Significa generar condiciones de accesibilidad, eliminar barreras, realizar ajustes cuando sean necesarios y garantizar oportunidades reales de participación y toma de decisiones.

La inclusión comienza cuando dejamos de esperar que todas las personas se adapten al mismo entorno y empezamos a preguntarnos cómo podemos transformar ese entorno para reconocer la diversidad humana.

Porque una sociedad incluyente no es aquella en la que todas las personas son iguales.

Es aquella en la que nuestras diferencias no determinan quién puede ejercer sus derechos y quién no.

Referencias:

Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Preámbulo y arts. 1, 3 y 5.

Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2018). Observación general núm. 6 sobre la igualdad y la no discriminación (CRPD/C/GC/6).

Organización Mundial de la Salud. (2001). Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF). OMS.