Descripción de la imagen: Ilustración de un grupo diverso de personas tomadas de las manos, entre ellas personas usuarias de silla de ruedas. La imagen representa la diversidad, la inclusión y la participación de las personas con discapacidad en igualdad de condiciones dentro de la sociedad.
Hablar de discapacidad también implica hablar de derechos humanos, desigualdad y de las condiciones que permiten —o impiden— que una persona participe plenamente en la sociedad.
Todas las personas somos titulares de derechos humanos. Sin embargo, reconocer un derecho en una ley no siempre significa que todas las personas puedan ejercerlo de la misma manera. Para que un derecho sea verdaderamente accesible deben existir condiciones que permitan disfrutarlo en la práctica.
Esto resulta especialmente importante cuando hablamos de personas con discapacidad.
Durante mucho tiempo, la discapacidad fue entendida principalmente desde una perspectiva centrada en las características o limitaciones de la persona. Desde esta mirada, la respuesta solía orientarse a la asistencia, rehabilitación o adaptación individual.
Actualmente, el enfoque social y de derechos humanos propone observar también algo que durante mucho tiempo pasó inadvertido: las barreras del entorno.
Una persona puede encontrar obstáculos físicos, sociales, comunicacionales, tecnológicos o actitudinales que dificulten su participación. Por ello, la pregunta deja de ser únicamente: “¿qué limitación tiene esta persona?” y comienza a transformarse en: “¿qué barreras existen a su alrededor y qué podemos hacer para eliminarlas?”
Esta perspectiva resulta fundamental porque no todas las personas parten de las mismas condiciones.
Factores como el género, la situación económica, el nivel educativo, el idioma, la edad, el entorno familiar o la propia discapacidad pueden influir en las oportunidades disponibles. Cuando varias de estas circunstancias coinciden, las barreras también pueden acumularse.
Aquí encontramos una primera aproximación a la interseccionalidad.
Entenderla nos permite reconocer que dos personas con discapacidad pueden vivir experiencias completamente diferentes. No basta con identificar una sola característica para comprender los obstáculos que enfrenta una persona.
También debemos recordar que existen diferentes tipos de discapacidad, entre ellas la motriz, visual, auditiva, intelectual y psicosocial, y que no todas son visibles.
Por ello, construir una sociedad incluyente implica mucho más que permitir que las personas estén presentes en determinados espacios.
Significa generar condiciones de accesibilidad, eliminar barreras, realizar ajustes cuando sean necesarios y garantizar oportunidades reales de participación y toma de decisiones.
La inclusión comienza cuando dejamos de esperar que todas las personas se adapten al mismo entorno y empezamos a preguntarnos cómo podemos transformar ese entorno para reconocer la diversidad humana.
Porque una sociedad incluyente no es aquella en la que todas las personas son iguales.
Es aquella en la que nuestras diferencias no determinan quién puede ejercer sus derechos y quién no.
Referencias:
Naciones Unidas. (2006). Convención sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. Preámbulo y arts. 1, 3 y 5.
Comité sobre los Derechos de las Personas con Discapacidad. (2018). Observación general núm. 6 sobre la igualdad y la no discriminación (CRPD/C/GC/6).
Organización Mundial de la Salud. (2001). Clasificación Internacional del Funcionamiento, de la Discapacidad y de la Salud (CIF). OMS.
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