A veces pensamos que para cambiar el mundo hacen falta grandes gestos, proyectos enormes o millones de pesos. Pero la verdad es que la transformación empieza en algo mucho más simple: la forma en que tratamos a los demás. La empatía no es un valor abstracto ni un tema de moda; es una práctica diaria que puede marcar la diferencia entre excluir o incluir, entre herir o sanar.
Cada día tenemos oportunidades de practicarla. Cuando decides no estacionarte en un lugar reservado, cuando esperas a que una persona termine de hablar sin interrumpirla, cuando te tomas el tiempo de aprender una palabra en lengua de señas o simplemente sonríes sin prejuicio, estás haciendo algo enorme: estás construyendo un entorno más humano.