sábado, 10 de enero de 2026

La dignidad no se otorga: se reconoce



Imagen 1. Manos alzadas de personas diversas sostienen un corazón en el centro, simbolizando la dignidad compartida, el respeto mutuo y la importancia de reconocer el valor de cada persona sin distinción, resaltando la diversidad humana como base de una sociedad más inclusiva.

Hablar de dignidad en el contexto de la discapacidad no es hablar de un valor abstracto ni de una idea lejana. Es hablar de la manera en que miramos, tratamos y nos relacionamos con otras personas en lo cotidiano. La dignidad no es algo que se conceda cuando alguien "cumple" con ciertas expectativas. Es una cualidad inherente a toda persona, independientemente de su cuerpo, su forma de comunicarse o su manera de habitar el mundo. 


Durante mucho tiempo, la discapacidad ha sido abordada desde la compasión o el asistencialismo (enfoque que brinda ayuda sin promover autonomía ni participación activa). Aunque estas posturas pueden parecer bien intencionadas, muchas veces colocan a las personas en un lugar de inferioridad, como si su valor dependiera de la ayuda que reciben o de lo "bien" que se adapten a un entorno que no fue pensado para ellas. Cuando esto ocurre, la dignidad se ve comprometida, no por la discapacidad en sí, sino por la forma en que la sociedad responde a ella. 

Reconocer la dignidad implica un cambio profundo de mirada. Significa dejar de ver a la persona como un problema que hay que resolver o como una historia que provoca lástima, y empezar a verla como un sujeto con voz, decisiones, deseos y derechos. Implica entender que nadie tiene que demostrar su utilidad, su productividad o su independencia para merecer respeto. La dignidad no está condicionada al desempeño; existe simplemente por el hecho de ser, ya que no puede medirse ni jerarquizarse en función de características personales o capacidades individuales (Comisión Nacional de los Derechos Humanos, 2015).

En la vida diaria, la dignidad se juega en gestos pequeños, pero poderosos. Está presente cuando se pregunta antes de ayudar, cuando se escuchar sin interrumpir, cuando se respeta un "no", cuando se reconoce la autonomía de la otra persona. También se vulnera en lo cotidiano: cuando se habla por alguien sin preguntarle, cuando se infantiliza, cuando se toman decisiones sin consultar, cuando se ignoran las necesidades específicas o se minimizan las experiencias vividas.

La accesibilidad es una expresión concreta de la dignidad. Un espacio inaccesible no solo limita el movimiento; envía un mensaje claro de exclusión. Comunica que ciertas personas no fueron consideradas, que su presencia no era esperada. Lo mismo ocurre con la información que no es comprensible, con los servicios que no se adaptan, con los entornos que obligan a las personas a depender constantemente de otros para poder participar. La dignidad se ve afectada cada vez que una persona tiene que pedir permiso para ejercer derechos básicos.

Hablar de dignidad también implica reconocer la importancia de la autonomía. Acompañar no significa decidir por el otro. Cuidar no es controlar. Proteger no es limitar. Las personas con discapacidad tienen derecho a tomar decisiones sobre su propia vida, incluso cuando esas decisiones no coinciden con lo que otros consideran “mejor”. Respetar la dignidad es aceptar que el riesgo, el error y la experiencia forman parte de la vida de todas las personas.

La dignidad se construye colectivamente. No depende solo de actitudes individuales, sino de estructuras sociales, culturales y políticas. Una sociedad que no escucha, que no adapta, que no incluye, es una sociedad que normaliza la vulneración de la dignidad. Por el contrario, cuando se crean entornos accesibles, se promueve la participación y se reconoce la diversidad como parte de lo humano, la dignidad deja de ser un ideal y se convierte en una realidad cotidiana.

Hablar de dignidad no es hablar de algo extraordinario. Es hablar de lo mínimo. De lo que no debería negociarse. De lo que no debería ponerse en duda. La inclusión comienza cuando entendemos que nadie necesita ser “arreglado” para encajar, y que el verdadero cambio ocurre cuando el entorno se transforma para reconocer a todas las personas como igualmente valiosas.

La dignidad no se agradece, no se gana y no se pierde. Se respeta. Y ese respeto se demuestra todos los días, en la forma en que miramos, escuchamos y construimos comunidad.


Referencias (APA 7)

Martín Sánchez, M. (2018). "El derecho a ser diferente: dignidad y libertad" en IIJUNAM. https://biblio.juridicas.unam.mx/bjv/detalle-libro/4823-el-derecho-a-ser-diferente-dignidad-y-libertad 





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