Hablar de inclusión muchas veces se queda en el discurso, pero en la práctica sigue habiendo vacíos que afectan la vida cotidiana de muchas personas. Para Paulina Romo, vivir con acondroplasia significó crecer enfrentando entornos que no siempre estaban pensados para ella, pero también construir, desde muy temprano, una forma de habitar el mundo con seguridad, independencia y resiliencia.
Ser la única persona de talla baja en su familia representó un reto importante, aunque también se convirtió en una base sólida para su desarrollo personal. El acompañamiento de sus papás y hermanos fue clave, ya que desde pequeña fue impulsada a hacer las cosas por sí misma, incluso cuando implicaban un mayor esfuerzo. Más que un solo momento, fueron muchas experiencias cotidianas las que marcaron su forma de enfrentar la vida. Sin embargo, recuerda especialmente la adaptación de su automóvil como un punto de inflexión: modificaciones como extensiones en los pedales, un sobre respaldo y una plataforma para sus pies no solo le brindaron comodidad, sino también autonomía y seguridad.
Durante su etapa escolar, las barreras no solo fueron físicas, sino también sociales. Espacios poco accesibles y prejuicios constantes hicieron de esta etapa un proceso complejo, en el que la frustración era parte del día a día. Aun así, el entorno cercano jugó un papel fundamental. La presencia de personas que la trataron con respeto y normalidad contribuyó a fortalecer su confianza y a construir una identidad más allá de su condición. Con el tiempo, su percepción cambió: dejó de verse únicamente desde la discapacidad para reconocerse como una persona capaz de generar impacto.
Esa transformación personal se refleja hoy en su faceta como emprendedora. La creación de su marca, Paulina Romo Clothes, surge de una necesidad concreta: la imposibilidad de encontrar ropa (especialmente jeans) que realmente le quedara bien. La constante frustración de tener que adaptar cada prenda evidenció un vacío en la industria de la moda. A partir de esa experiencia, decidió desarrollar una propuesta que respondiera a las necesidades reales de personas de talla baja. Para ella, la moda incluyente no es una tendencia, sino un cambio necesario: diseñar pensando en la diversidad real de los cuerpos, y no en un estándar único. Sus prendas están enfocadas principalmente en el ajuste correcto (proporciones adecuadas en piernas, cintura y largo), eliminando la necesidad de modificaciones posteriores. El proceso de diseño parte de su propia experiencia, complementada con pruebas y retroalimentación de otras personas con talla baja, lo que convierte cada pieza en una solución pensada desde la vivencia.
Sin embargo, emprender en este campo no ha sido sencillo. La falta de referentes, la complejidad de la producción especializada y, sobre todo, el reto de posicionar una propuesta que muchas personas desconocían, han sido obstáculos constantes. De todos ellos, el mayor desafío ha sido educar al mercado: hacer visible una necesidad que históricamente ha sido ignorada.
A pesar de ello, la respuesta del público ha sido positiva. Más allá de las ventas, lo más significativo han sido los testimonios de personas que, por primera vez, se sienten cómodas y representadas con la ropa que usan. Historias que reflejan cómo algo tan cotidiano como vestirse puede impactar directamente en la autoestima, la identidad y la seguridad personal.
En este sentido, Paulina es clara: la ropa influye profundamente en cómo una persona se percibe a sí misma. La moda tiene el potencial de ser una herramienta de inclusión, siempre y cuando se diseñe desde la diversidad y no desde la excepción. Sin embargo, aún queda camino por recorrer. El prejuicio más común al que se enfrentan las personas con acondroplasia es la idea de que no son independientes o capaces, una percepción que limita oportunidades y refuerza estigmas.
Romper estos prejuicios, señala, requiere visibilidad, respeto y normalización en lo cotidiano. También implica un cambio en la forma en que el marketing y los medios representan la discapacidad. La falta de autenticidad y la representación simbólica —más que real— siguen siendo una deuda pendiente. La inclusión no puede quedarse en una imagen; debe reflejarse en acciones, productos y espacios diseñados para todos.
Más allá de la moda, los retos continúan en la vida diaria, especialmente en términos de accesibilidad. Durante mucho tiempo, adaptarse a entornos no diseñados para su corporalidad fue una constante. Esta experiencia le permitió reconocer que la inclusión no debería depender del esfuerzo individual, sino de un compromiso colectivo que se traduzca en cambios concretos, incluso en los detalles más pequeños.
El impacto de su proyecto se hizo evidente cuando otras personas comenzaron a identificarse con su trabajo y a beneficiarse directamente de él. A partir de ese momento, su emprendimiento dejó de ser solo una solución personal para convertirse en una plataforma de cambio social. Inspirar, para ella, significa demostrar que una necesidad puede transformarse en una oportunidad, y que la experiencia propia tiene un valor enorme.
Hoy, su visión es clara: una industria de la moda verdaderamente diversa, donde la inclusión no sea un añadido, sino una base. Aspira a que su marca se convierta en un referente global de moda incluyente, mientras continúa abriendo camino para otras personas.
En un contexto donde la innovación —incluida la biotecnología— tiene el potencial de mejorar significativamente la calidad de vida de las personas con discapacidad, iniciativas como la de Paulina Romo recuerdan que el cambio también comienza en lo cotidiano. En aquello que vestimos, en los espacios que habitamos y en la forma en que decidimos mirar la diferencia.
Porque, al final, la inclusión no se trata de adaptarse al mundo, sino de transformarlo.
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