La infancia es una etapa en la que se construyen las bases de la identidad, la autoestima y la manera en que una persona se percibe en el mundo. Para las infancias con discapacidad, este proceso suele estar atravesado por miradas externas, decisiones tomadas por otros y entornos que no siempre están pensados para incluirlas. Hablar de dignidad en la infancia significa preguntarnos cómo acompañamos, cuidamos y respetamos a niñas y niños desde sus primeros años de vida.
La dignidad en las infancias con discapacidad se construye desde lo cotidiano: cuando se les escucha, se les respeta y se confía en su forma única de aprender y de estar en el mundo. Cuidar su dignidad es permitirles crecer sin etiquetas, con amor, autonomía y oportunidades reales.
La dignidad en las infancias con discapacidad se expresa, ante todo, en el derecho a ser escuchadas. Muchas veces se habla sobre ellas, pero no con ellas. Se asume lo que sienten, lo que necesitan o lo que pueden hacer, sin darles espacio para expresarse. Reconocer su dignidad implica validar sus emociones, permitirles opinar y participar activamente en decisiones que afectan su vida cotidiana, de acuerdo con su edad y contexto.
También está presente en la forma en que se les nombra y se les trata. Las palabras importan, especialmente en la infancia. Etiquetas, burlas o comentarios aparentemente inofensivos pueden marcar profundamente la forma en que una niña o un niño se ve a sí mismo. Tratar con dignidad es usar un lenguaje respetuoso, evitar comparaciones constantes y reconocer a la infancia con discapacidad como infancia, no como un problema que debe corregirse.
La dignidad se fortalece cuando el entorno permite explorar, equivocarse y aprender. Proteger no significa limitar. Las infancias con discapacidad, como cualquier otra, necesitan oportunidades para jugar, experimentar, convivir y descubrir sus propias capacidades. Negar estas experiencias por miedo o sobreprotección también es una forma de exclusión. Confiar en ellas es una manera concreta de dignificarlas.
Finalmente, la dignidad en la infancia se construye en comunidad. Familias, escuelas y sociedad comparten la responsabilidad de crear espacios donde las diferencias no generen rechazo, sino aprendizaje. Cuando una niña o un niño crece sintiéndose respetado, aceptado y valorado, se sientan las bases para una vida más autónoma y segura.
Cuidar la dignidad de las infancias con discapacidad no es un acto extraordinario. Es un compromiso cotidiano que se refleja en gestos simples: escuchar, respetar, incluir y creer. Porque toda infancia merece crecer sabiendo que su valor no depende de cumplir expectativas ajenas, sino de ser quien es.
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